Amor de Madre

¡Qué difícil es ser madre hoy! Esta es una frase que se escucha con frecuencia en las calles, las casas y los consultorios. Puede ser, en realidad, no lo sabemos. Es difícil compararse con otra época en la cuál se vivían otros valores, y menos como para decir “todo tiempo pasado fue mejor”. Porque hay algo en lo que no hay duda posible: el amor de madre es fundamental para nuestros hijos, más allá del período de la Historia en la que nos tocó vivir. Lejos de la mirada utilitaria de ver a la madre como un “recurso humano”, a veces necesario para la vida familiar o para la formación emocional de los hijos, trataremos de rescatar los valores de ser madre, el valor nutricio del amor materno, de la aceptación incondicional, para ver cómo nos ilumina el día a día y cuán necesario es hoy “amar con amor de madre”, seamos padres, madres, abuelos o maestros. No hay mejor ansiolítico natural para un hijo que llora, que se cayó, o que está triste por algo, que llegar a los brazos de mamá y ser abrazado, sostenido y hospedado en su regazo. Según el Dr. Naouri “un minuto después de que la madre llega a su casa y abraza a su hijo, para ese niño es como si no se hubiese ido nunca”. En ese abrazo de madre se restaura el amor, se refugia la tristeza, se acomodan las lágrimas, porque el niño sabe que “mamá me quiere como soy”, no hay que hacer nada para ser querido, o para ser aceptado. Aclaro que en estas líneas me refiero al “amor de madre”, más allá de la figura materna, es decir, se puede amar con amor de madre, siendo mujer con o sin hijos, siendo papá con o sin hijos, siendo abuelo o siendo maestra (también con o sin hijos biológicos propios). El amor de madre, la aceptación incondicional se nutre de valores tales como: la ternura, la expresión de las emociones, el apoyo, el sostén, el abrazo apretado, hospedar frustraciones, amar sin esperar, es incondicional, es animarse a soltar después de haber “retenido”. Es amor que da apoyo para la autoestima, para la confianza, para la seguridad emocional, para la empatía, para saber que puedo llorar y hablar sin miedo, sin culpa, sin vergüenza… La madre ama con esa empatía de que cada hijo es único, y sabe amar a cada uno según lo que precisa. Pero nos encontramos hoy día con situaciones existenciales propias de la sociedad del cansancio. El trabajo, las responsabilidades, el desarrollo profesional, todo esto conspira para que tanto papá como mamá lleguen a casa y puedan “amar con amor de madre”. Lo primero es que el oxígeno que teníamos para llegar al trabajo, se esfumó en el trabajo y al llegar a casa ya no nos queda casi oxígeno para seguir educando. Mi maestro Carlos Díaz Hernández lo expresa así: “Educar es cansarse amorosamente”. Me encanta su expresión porque no se puede educar sin cansarse, por eso debemos restaurarnos en la pareja, en los vínculos, en nuestras actividades personales de cuidado (ejercicio, alimentación, amigos, risas, baile) para poder llegar a casa y seguir educando. Es decir, tener resto para cansarnos amorosamente. Si nos gana el cansancio, no estaremos “disponibles emocionalmente” para seguir educando. La autoestima del adulto no se puede nutrir “únicamente” del amor de nuestro hijo. No trabajamos para que nuestros hijos nos quieran, nos quieren por lo que hacemos por ellos, por los valores que vertimos en las acciones cotidianas de vestirlos, darles de comer, preparar la vianda, hablarles, abrazarlos, y hospedar las frustraciones. Si para el padre o madre, el niño es lo más importante, o siempre es lo primero, podemos generar una vulnerabilidad emocional, en el sentido de que el niño percibe que él siempre está primero, con lo cual no lo preparamos para la vida, donde en la escuela, en el jardín, en el liceo y luego en el trabajo, él deberá esperar su turno para el baño, para comer, para hacer su tarea… Es importante que lo que esté primero para mí sea yo mismo aunque parezca egoísta. Es decir, poder preguntarme “¿qué preciso yo ahora?”. En ese sentido puedo llegar cansado, pero me tomo cinco minutos para bañarme, o para respirar, y luego retomo la tarea de educar con amor. Si el adulto claudica de sí mismo, o no deja que el otro (su pareja, la abuela, el maestro) aparezca como adulto referente, podemos terminar agotados. Sobreproteger es desproteger, porque el exceso de sobreprotección, el hacer todo por el niño, termina agotando a padres que terminan sin tiempo y sin fuerzas para dormir bien, para cuidar la vida en la pareja, para hacer ejercicio y descansar. No siempre hay que responder a las demandas del niño, podemos respirar y mientras respiro voy pensando: “¿lo que está pidiendo es un capricho o no?” Si no es capricho, abrazo, veo lo que necesita y respondo. Pero si es capricho, me quedo tranquilo respirando para ayudar a que mi hijo pueda autorregular sus emociones. En suma, los valores del mundo “matriarcal” se pueden resumir en: nutrir, cobijar, hospedar, dar y recibir el afecto, los sentimientos, las emociones, la intuición, la aceptación incondicional.

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